"Eso es un problema de clase, no de racismo". Esa es la excusa que escuchamos cada vez que intentamos señalar que las mujeres negras dicen que el trato que reciben durante el embarazo es diferente y en algunos casos mortal. El sistema médico está dispuesto a reconocer negligencias, “errores humanos”, tratos diferenciales a causa de la clase socioeconómica e incluso crisis hospitalarias, pero jamás le gusta admitir que el racismo sigue decidiendo quién recibe atención de calidad y quién termina muriendo en una sala de partos.
¿Algo tan sistemático que le pasa hasta a Beyoncé?
Nos enseñaron que las mujeres negras tienen peores resultados durante el embarazo por pobreza, falta de educación, falta de acceso o “malos hábitos”. La explicación cómoda de siempre: culpar a las mujeres antes que al racismo estructural. Quienes dicen eso evidentemente no han escuchado historias como las de Beyoncé, Serena Williams o la doctora Dr. Janell Green Smith.
Beyoncé contó que sufrió preeclampsia durante su embarazo, una condición potencialmente mortal que la dejó meses en cama y terminó en una cesárea de emergencia. Serena Williams reconoció inmediatamente los síntomas de una embolia pulmonar después de dar a luz y pidió atención urgente. El personal médico decidió no creerle. Le insinuaron que estaba confundida por los medicamentos para el dolor. Serena Williams, una de las deportistas más famosas del mundo, tuvo que insistir varias veces para que le hicieran los exámenes que terminaron confirmando que efectivamente tenía coágulos en los pulmones.
Janell Green Smith, una partera, académica y activista negra en Estados Unidos que dedicó su vida a denunciar precisamente esta crisis de mortalidad materna, sufrió un destino similar. Sabía las estadísticas, conocía los protocolos, sabía cómo hablarle al personal médico e incluso contaba con una red de apoyo. Janell entendía perfectamente los riesgos que enfrentan las mujeres negras durante el embarazo. Murió en 2026 por complicaciones del parto mientras daba a luz a su primer hijo. Tenía 31 años.
Si mujeres negras millonarias, famosas o incluso expertas en salud materna no están seguras dentro del sistema médico, entonces el problema claramente es estructural y tiene nombre propio.
Los números no mienten
Los casos más mediáticos se han dado a celebridades negras, por lo que es lógico que la gente lo vea como un producto del racismo estadounidense. Eso es falso e ingenuo. Las cifras se repiten en distintos países. En Estados Unidos, las mujeres negras tienen entre tres y cuatro veces más probabilidades de morir por causas relacionadas con el embarazo o el parto que las mujeres blancas. En 2023, la tasa de mortalidad materna para mujeres negras fue de 50,3 muertes por cada 100.000 nacidos vivos, frente a 14,5 para mujeres blancas.
En Brasil, estudios recientes encontraron que las mujeres negras registran más del doble de muertes maternas que las mujeres blancas. Y en Colombia, según el Fondo de Población de las Naciones Unidas, las mujeres negras tienen 1,6 veces más riesgo de morir durante el parto que las mujeres no negras. El mismo informe señala que estas diferencias no pueden explicarse por decisiones individuales o predisposiciones biológicas, sino por el racismo estructural y el sexismo dentro de los sistemas de salud.
¿Cómo definimos racismo obstétrico?
El racismo obstétrico es la manera en la que el racismo, la discriminación política, social, legal e institucional a las personas negras, se transforma en una forma de violencia obstétrica. Por ejemplo, en la medicina aún existe el mito racista de que las personas negras “aguantan más dolor”, una idea heredada de la esclavitud. Un estudio de 2016 encontró que al menos la mitad de los estudiantes de medicina sostenían de algún modo este mito.
Las mujeres negras también reportan sentirse ignoradas, enfrentar comentarios racistas, diagnósticos tardíos, victimización y además enfrentan barreras a causa del racismo estructural en sus comunidades, como dificultades de transporte y acceso.
El caso de Erika: víctima de racismo obstétrico en Colombia
Desde Jacarandas acompañamos el caso de Erika, una mujer negra que murió en abril de 2024 después de una cadena de negligencias médicas en unHospital de Putumayo. Erika llegó al hospital con síntomas claros de preeclampsia: dolor intenso de cabeza, hinchazón corporal y posibles episodios de hipertensión. No recibió atención adecuada. Días después fue sometida a una cesárea de emergencia y posteriormente internada en UCI.
Incluso después de la cirugía, Erika siguió diciendo que se sentía mal. Lo dijo varias veces a médicos y familiares. Sin embargo fue ignorada. Tan poca atención le prestaban en el hospital que durante una transfusión sanguínea le administraron sangre equivocada. Erika era B+ y recibió sangre A+. Empezó a convulsionar mientras, según su propio relato, ni siquiera había personal médico supervisando adecuadamente el procedimiento. Fueron otras pacientes quienes alertaron que algo estaba pasando.
Erika denunció la negligencia por escrito. Contó que la ignoraron mientras se sentía mal, que nadie le explicaba lo que ocurría, que ocultaron información sobre la transfusión errónea y que se sentía violentada. Aun así, fue dada de alta mientras seguía enferma, sin información suficiente sobre las consecuencias de la mala práctica médica.
Días después regresó al hospital con dolores intensos y problemas respiratorios. Pasó otra semana en UCI antes de ser remitida finalmente a una clínica en Pasto, donde el personal médico expresó sorpresa por la demora en su traslado considerando la gravedad de su estado. Erika murió el 18 de abril de 2024.
Así se ve el racismo obstétrico.
Hablemos más de racismo obstétrico
Hablar de racismo obstétrico incomoda porque obliga a aceptar la verdad difícil de que el sistema de salud no trata todos los cuerpos igual. Mientras el personal médico siga reproduciendo prejuicios sobre el dolor, la resistencia o la credibilidad de las mujeres negras, seguirán existiendo muertes evitables que después son maquilladas como “complicaciones”.
Por eso el llamado no puede quedarse únicamente en mejorar protocolos. También implica que profesionales de la salud, universidades e instituciones se formen seriamente en racismo estructural y busquen dar una atención digna a mujeres racializadas.
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