Las madres buscadoras: cuando el Estado desaparece, las mujeres empiezan a buscar

El asesinato de Claribel Moreno volvió a recordar una realidad brutal en Colombia: miles de mujeres siguen buscando a sus familiares desaparecidos en medio de impunidad, violencia y abandono institucional.

Feminism
Violencia de Género
Democracia
5/6/2026
Laura Camila Gutiérrez Acuña

Hay algo que no debería ser normal en ningún país: Que una madre tenga que aprender a buscar restos humanos para encontrar a su hija. Que tenga que revisar morgues, perseguir expedientes, entrar a cementerios, excavar tierra o convertirse en investigadora porque las instituciones no respondieron. Y sin embargo, en América Latina esto pasa todos los días.

Hace unos días asesinaron en Jamundí a Claribel Moreno, madre buscadora y activista que llevaba años exigiendo respuestas por la desaparición de su hija Natalia Buitrago Moreno, desaparecida en Cartagena en 2021. Claribel no solo enfrentó la desaparición de su hija. También enfrentó algo que se repite constantemente en el país: la lentitud institucional, la indiferencia y el desgaste de tener que sostener sola una búsqueda que debería asumir el Estado. Su asesinato ocurre en un continente donde las madres buscadoras se han convertido en símbolo político de una tragedia mucho más profunda: la normalización de las desapariciones y la transferencia silenciosa de responsabilidades hacia las mujeres.

Porque cuando las madres buscan, normalmente es porque alguien más dejó de hacerlo.

Las madres buscadoras no nacen: las obliga el abandono

En México existe una frase que resume perfectamente esta realidad:

“Si mamá busca, mamá encuentra.”

La frase es devastadora porque deja claro algo: muchas veces son las familias y especialmente las madres quienes terminan encontrando a los desaparecidos. No es la Fiscalía, no es el gobierno, no son los sistemas judiciales: son las madres.

Mujeres que nunca imaginaron aprender sobre incidencia política para que tomen en serio el caso de sus hijas, que tuvieron que aprender sobre cadenas de custodia o procesos judiciales. Que tocaron mil puertas de instituciones, medios y colectivas para que su bpusuqeda no se olvidara. Mujeres que no eligieron convertirse en investigadoras, activistas o defensoras de derechos humanos, pero que fueron empujadas a hacerlo por ausencia institucional.

Colombia está mucho más cerca de esta realidad de lo que muchas veces queremos aceptar. Según la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), actualmente existen más de 136.000 personas desaparecidas en el contexto del conflicto armado colombiano. Además, la entidad registra más de 51.700 personas buscadoras en el país, donde la mayoría son mujeres. Según la UBPD al menos 27.882 mujeres adelantan procesos de búsqueda activos en Colombia, muchas de ellas llevando entre 16 y 30 años buscando a sus familiares desaparecidos

Colombia  está llena de madres buscadoras

Las Madres de Soacha son probablemente uno de los ejemplos más dolorosos. Durante años buscaron a sus hijos desaparecidos mientras el Estado insistía en presentarlos como guerrilleros muertos en combate. Lo que hoy conocemos como los “falsos positivos” comenzó precisamente así: madres preguntando dónde estaban sus hijos y enfrentándose a un aparato institucional que inicialmente negó, ocultó y justificó los crímenes. Y hoy las cifras vuelven a demostrar que la magnitud de esa violencia fue mucho mayor de lo que el país quiso aceptar durante años.

En 2021, la Jurisdicción Especial para la Paz estableció que al menos 6.402 personas fueron asesinadas y desaparecidas forzadamente para ser presentadas como bajas en combate entre 2002 y 2008. En abril de este año, la JEP anunció oficialmente que el número de víctimas aumentó a 7.837 víctimas. Esta actualización no es un detalle técnico.Es la evidencia de cuánto se minimizó una política sistemática de ejecuciones extrajudiciales que dejó miles de familias buscando respuestas durante décadas. También demuestra algo profundamente doloroso: muchas madres siguieron buscando mientras el país todavía discutía si debía creerles.

Las mujeres desaparecidas también están desapareciendo de la conversación pública

La desaparición de mujeres en Colombia está atravesada por feminicidio, violencia sexual, economías ilegales y redes de trata de personas. Cartagena es uno de los ejemplos más alarmantes. Organizaciones afro y barriales han denunciado múltiples desapariciones de mujeres jóvenes en contextos donde las familias sospechan de redes de explotación sexual y trata. Solo en los últimos cinco años, Medicina Legal registró 43 mujeres desaparecidas en Cartagena, y tan solo en 2025 se reportaron 19 casos de mujeres desaparecidas en la ciudad.

Colectivas como el Movimiento de Mujeres Negras, Barriales y Periféricas han denunciado que muchas desapariciones de mujeres negras y empobrecidas ni siquiera reciben atención proporcional por parte de las autoridades. También han advertido cómo frecuentemente estos casos son tratados como “problemas personales” o “crímenes pasionales”, ignorando posibles estructuras de trata y violencia organizada.

Y esto conecta con algo profundamente feminista: no todas las desapariciones reciben la misma atención. La clase social, el territorio, la racialización y el género siguen definiendo quién merece búsqueda urgente y quién termina desapareciendo también del debate público.

El feminismo también es memoria y búsqueda

Las madres buscadoras son profundamente incómodas para cualquier sistema político.Porque cada búsqueda señala una ausencia institucional.
Cada hallazgo demuestra que alguien no investigó.Cada madre preguntando “¿dónde está?” rompe la comodidad del olvido. Por eso muchas terminan siendo estigmatizadas, ignoradas o incluso amenazadas.En América Latina, buscar desaparecidos también implica ponerse en riesgo y el asesinato de Claribel Moreno es un recordatorio brutal de eso.

Las madres buscadoras no solo enfrentan el dolor de la ausencia. También enfrentan agotamiento físico, desgaste emocional, amenazas, revictimización institucional y una sociedad que muchas veces consume sus historias por unos días antes de volver a la indiferencia. Pero no hay que acostumbrarnos. Cuando una sociedad se acostumbra a que existan madres buscando a sus hijos por cuenta propia, algo cambia profundamente. Se reduce el estándar de lo que exigimos institucionalmente. La violencia deja de parecer excepcional y empieza a sentirse inevitable.

Es injusto convertir a las madres buscadoras solamente en ejemplos de resiliencia. Porque mientras admiramos su fortaleza, seguimos conviviendo con las condiciones que las obligaron a resistir. Claribel Moreno no debería haber tenido que dedicar años de su vida a buscar respuestas sobre la desaparición de su hija. Mucho menos debería haber terminado asesinada en medio de esa búsqueda.

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