La conversación sobre violencia de género digital tiene hoy más relevancia que nunca. Aunque estas violencias han existido desde hace años, tanto como ha existido el internet, su reconocimiento social y político apenas empieza a consolidarse. Al mismo tiempo, aumentan los casos y evolucionan las formas en que se ejercen.
En el contexto post-pandemia, nuestra participación en espacios digitales ha aumentado, y hemos visto innumerables innovaciones tecnológicas que han transformado nuestra manera de relacionarnos entre nosotros y con el mundo. Sin embargo, a ese mismo ritmo han crecido las formas de violencia mediadas por la tecnología. Hoy, herramientas cada vez más accesibles permiten nuevas modalidades de agresión, vigilancia y exposición. El auge de la inteligencia artificial, los cambios en las redes sociales y la facilidad para difundir contenido han transformado la manera en que se ejerce la violencia contra las mujeres y personas diversas en internet. Casos como los deepfakes, la difusión no consentida de contenido íntimo, el acoso sistemático, las famosas fotopene (una práctica conocida como ciberflashing) o las amenazas digitales son algunas de sus expresiones más visibles.
La violencia digital no empieza ni termina online
Una idea fundamental para entender la violencia de género digital es que no se trata de algo separado de la violencia que ocurre fuera de las pantallas. Existe un continuo entre otras formas como la violencia física, psicológica y sexual, y la violencia de género digital. En muchos casos, los agresores son exparejas, parejas, conocidos, compañeros de estudio o de trabajo. En este sentido, las tecnologías no crean la violencia de género, pero sí amplifican su alcance, permanencia e impacto. Además, le conceden al agresor el beneficio del anonimato si así lo prefiere.
Con frecuencia se minimizan estas experiencias porque existe una pantalla de por medio. Se piensa que, al no haber contacto físico directo, el daño no es tan grave. Sin embargo, este argumento ignora que las violencias digitales responden a las mismas estructuras de desigualdad y control que sostienen otras formas de violencia de género en la vida cotidiana.
Las agresiones que ocurren en internet tienen efectos reales e inmediatos sobre la vida de las personas: afectan la salud mental, las relaciones personales, el trabajo, el estudio, la seguridad y la participación pública. Además, una vez que el contenido circula en redes, es cada vez más difícil controlar su alcance o detener su difusión.
Hablamos para prevenir
Nombrar estas violencias, compartir información protectora entre nosotras y construir redes de apoyo permite prevenirlas, enfrentarlas colectivamente y visibilizar una problemática que todavía suele ser minimizada. Por ello, creemos que es fundamental participar en estas discusiones, abrir espacios de diálogo y exigir mayor regulación por parte de las plataformas tecnológicas y las instituciones del Estado.
Si tú, o alguien que conoces, está viviendo violencia de género digital, ¡recuerda que no estás sola! Puedes contactarnos a través de la Línea Jacarandas, donde podemos asesorarte para identificar lo que está ocurriendo y explorar alternativas de acción y acompañamiento.
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