Seguramente han oído hablar de este nuevo movimiento de esposas trofeo que busca limitar o incluso quitarles derechos a las mujeres. Pero, ¿Qué busca realmente la Tradwife creadora de contenido que recluta mujeres en su movimiento?
De Estados Unidos a Colombia: una misma receta
Por ejemplo, está Erika Kirk, a quien identificamos como una tradwife (aunque actualmente es viuda) por las ideas profundamente conservadoras que suele defender. En el último mes protagonizó un evento donde uno de los temas de conversación fue el llamado "voto por casa", es decir, que el voto del hogar sea ejercido por el hombre, lo que en la práctica implicaría quitarles a las mujeres su derecho al voto. Su comportamiento parece inexplicable: es CEO, empresaria, independiente y no está casada. Sin embargo, urge a las mujeres abrazar un estilo de vida contrario al que tiene.
En Colombia, Taliana Vargas se ha ganado una reputación similar. En un artículo de El País ya había sido descrita como una mujer que encarna una estética de "feminidad cristiana" y de "señora bien", utilizada para proteger intereses políticos conservadores y de las élites tradicionales. Taliana también ha afirmado que las mujeres deberían salvar al país del comunismo, lo que, en la práctica, significa presentar cualquier idea progresista como una amenaza de la que habría que protegerse.
¿Y qué tienen en común estas mujeres? ¿Qué hace que, aunque promuevan ideas que objetivamente reducirían la autonomía y la calidad de vida de muchas mujeres, sigan siendo vistas como figuras aspiracionales?
Una tradwive aspiracional tiene capital económico, capital cultural y capital social
Todas parecen reunir, en distinta medida, los tres tipos de capital que describió el sociólogo Pierre Bourdieu: el capital económico, el capital cultural y el capital social.
El capital económico hace referencia al dinero, el patrimonio y los recursos materiales. Tanto Erika Kirk como Taliana Vargas proyectan una vida de privilegios: viviendas lujosas, estabilidad económica, acceso a espacios exclusivos y la posibilidad de no depender de un salario para sostener su estilo de vida. Esa abundancia hace que muchas personas asocien sus discursos con éxito personal.
El capital cultural son los títulos, la manera de hablar, los modales y los códigos sociales que una sociedad considera prestigiosos. En ambas hay una imagen muy cuidada: participan en eventos de élite, conocen los códigos de los sectores más privilegiados y proyectan una idea de elegancia y respetabilidad. Ese capital hace que sus opiniones sean percibidas como más legítimas, aunque no necesariamente estén sustentadas.
Finalmente está el capital social, que son las relaciones y las redes de contactos que permiten acceder a oportunidades e influencia. Tanto Erika Kirk como Taliana Vargas están vinculadas a círculos políticos, empresariales y religiosos con gran capacidad de incidencia. Sus discursos no circulan únicamente por redes sociales: llegan a medios de comunicación, organizaciones y espacios de poder donde pueden influir en la conversación pública.
Lo que realmente está pasando es que nos están metiendo un caballo de Troya. La cortina de humo es el estatus que representan: mujeres con dinero, reconocimiento y una vida que, para muchas personas, puede parecer deseable. Y el mensaje que venden es que el precio para alcanzar esa vida sería renunciar, por ejemplo, a tu voto o a tu independencia económica. Como ellas conservan su libertad de expresión, cuentan con recursos y, aparentemente, viven sin preocupaciones materiales, esa renuncia puede parecer pequeña o incluso irrelevante. Al final del día, ellas parecen estar viviendo su mejor vida.
¿Qué advierte el feminismo?
Pero no olvidemos lo que advertía Simone de Beauvoir: basta una crisis política, económica o social para que los derechos de las mujeres vuelvan a ponerse en cuestión. Y esos retrocesos casi nunca empiezan afectando a mujeres como Erika Kirk o Taliana Vargas, que son blancas, tienen riqueza y ocupan posiciones privilegiadas. Empiezan con las mujeres más vulnerables: mujeres racializadas, pobres y que viven fuera del norte global. Las mujeres de Afganistán son uno de los ejemplos más recientes de cómo esos derechos pueden desaparecer en muy poco tiempo.
Entonces, no, probablemente tú no quieras perder tus libertades. Tal vez lo que reconoces es que vivir siendo mujer llega a ser muy difícil y, cuando alguien te promete una vida más sencilla, es normal que resulte atractiva. Pero vale la pena preguntarse cuál es el costo real de esa promesa y quién termina pagando el precio de ese modelo.
.jpg)



.png)
.png)